Autismo y nutrición

 

 ¿Qué es la selectividad alimentaria en el autismo?


La selectividad alimentaria

En el autismo, la selectividad alimentaria es un desafío complejo que va mucho más allá de ser un niño “quisquilloso”. Es una conducta que afecta a un porcentaje muy alto de personas con TEA, entre el 40 % y el 90 %, y que suele persistir desde la infancia hasta la adolescencia o incluso la edad adulta.

Al ser algo tan común, muchas veces no se toma conciencia de que ocurre y, en algunos casos, incluso se transmite como una costumbre de padres a hijos de manera inconsciente.

 ¿Cómo se manifiesta la selectividad alimentaria?

Este comportamiento se caracteriza por:

  • Un repertorio muy limitado:

    Puede aceptar solo un puñado de alimentos y rechazar categóricamente probar otros nuevos. También ocurre que, a medida que va creciendo, la selectividad va cambiando: lo que antes le gustaba puede dejar de gustarle y viceversa. Esto sucede porque se producen cambios en el metabolismo que influyen en la sensorialidad y la rigidez.

  • Rigidez extrema:

    No se trata solo del sabor, sino de que el alimento debe presentarse de una forma específica (por ejemplo, el pollo solo empanado, las verduras solo en puré, etc.). En el caso de mi hijo, si el plato no estaba visualmente ordenado no podía comerlo, o si siempre se preparaba de una manera determinada, no aceptaba que se lo ofreciera de otra forma.

  • Preferencias sensoriales marcadas:

    La textura, el olor, el color y la temperatura del alimento son factores decisivos que pueden generar un fuerte rechazo. Muchas comidas, como por ejemplo el huevo, decía que sabían a goma eva o a cartón, no solo por el sabor, sino también por la textura.
    La única forma en que aceptaba el huevo era mezclado con otros alimentos, como tortillas, milanesas, empanadas o pastel de carne, donde el sabor y la textura quedaban “encubiertos”. Tampoco aceptaba la carne de pollo a menos que fuera acompañada con kétchup.

¿Por qué ocurre la selectividad alimentaria en el TEA?

La selectividad alimentaria en el autismo es multicausal y puede involucrar uno o varios factores. Es importante tener en cuenta que no afecta a todas las personas de la misma manera; lo que impacta en una puede no hacerlo en otra.

Sensibilidad sensorial

Es una de las causas más importantes. Muchas personas con TEA procesan la información sensorial de manera diferente (hipersensibilidad o hiposensibilidad). Una textura crujiente, un olor intenso o una mezcla de colores puede percibirse como una experiencia abrumadora, desagradable o incluso dolorosa, lo que lleva al rechazo.

En mi caso, tengo hipersensibilidad olfativa, por lo que los olores me afectan mucho. Aunque se intente disimularlos mezclándolos con otros, puedo percibir cada aroma por separado. Mi hijo, en cambio, presenta hipersensibilidad en el gusto, la vista y el tacto, lo que hace que perciba cada mínimo detalle. Por más que mezcle alimentos y condimentos, resulta muy difícil encubrir ciertos sabores.

Con las frutas sucede algo similar: si están muy maduras o un poco verdes, el sabor se vuelve intenso y desagradable, ya sea empalagoso o amargo. Necesitan estar en el punto justo para que el sabor sea aceptable y no le provoque arcadas.

Necesidad de rutina y previsibilidad

La rigidez cognitiva y la preferencia por patrones fijos, características del TEA, también se trasladan a la alimentación. Introducir un alimento nuevo o preparar uno conocido de forma diferente implica un cambio inesperado que puede generar ansiedad y resistencia.

Todo lo nuevo genera incertidumbre y requiere un nuevo aprendizaje, con todo el esfuerzo que ello implica. Nuestro cerebro no lo hace de manera automática, por eso solemos ser renuentes a los cambios. Una posible solución es contar con un menú rutinario, donde se repitan las mismas comidas.

En mi caso personal, tengo un menú fijo para cada día de la semana, en el que distribuyo los nutrientes necesarios de formas que tanto mi hijo como yo podemos aceptar. No hay cambios: comemos siempre lo mismo, sin perder la nutrición necesaria.

Problemas gastrointestinales

Es común que las personas con autismo presenten síntomas gastrointestinales como estreñimiento, dolor abdominal o reflujo. Si un niño asocia el malestar con el consumo de ciertos alimentos, puede desarrollar aversión hacia ellos.

En muchos casos existen alergias alimentarias, como al huevo, al gluten o a la lactosa, por lo que es fundamental descartarlas con profesionales de la salud antes de tomar decisiones alimentarias. Estas alergias pueden provocar irritación intestinal y dolor abdominal, por lo que una consulta médica es clave.

En mi caso particular, soy alérgica al sodio, y su consumo me generaba dolores e irritación. Dado que la mayoría de los alimentos procesados contienen sodio, comencé a consumir productos frescos y a elaborar todo en casa.

Mi hijo, por su parte, siempre tuvo problemas de estreñimiento. Lo que lo ayudaba era aumentar el consumo de fibra y agua, además de realizar actividad física. En el baño coloqué un escalón rebatible frente al inodoro para elevar las piernas al sentarse y facilitar la evacuación. Si no podía evitar el estreñimiento, al menos buscaba mejorar su calidad de vida.

Dificultades en la comunicación

Las dificultades para expresar hambre, saciedad, malestar o preferencias pueden traducirse en conductas alimentarias restrictivas o desafiantes. Muchas veces mi hijo no podía identificar si le dolía la panza, si tenía hambre o si necesitaba ir al baño. La dificultad para reconocer lo que siente puede intensificar las molestias y el dolor.

 Consecuencias de la selectividad alimentaria para la salud

Una dieta excesivamente limitada, aunque sea alta en calorías, puede tener consecuencias importantes para la salud.

En mi experiencia personal, cuando recién me enteré del diagnóstico y no comprendía bien qué era el autismo, caí en la falsa información de que una dieta específica ayudaría a superar sus crisis. La realidad fue que, entre la selectividad y las restricciones dietarias, mi hijo comenzó a perder peso y masa muscular. El pediatra me advirtió que había sido una muy mala decisión, ya que muchos de los alimentos restringidos empeoraban su flora intestinal y la absorción de nutrientes, sumado a los alimentos que ya no ingería.

Deficiencias nutricionales

Es frecuente la baja ingesta de calcio, proteínas, hierro, zinc y vitamina D, nutrientes esenciales para el crecimiento, el desarrollo óseo y la función cerebral. Su déficit afecta el funcionamiento general del cuerpo y puede empeorar las dificultades neurosensoriales.

Problemas de peso

La selectividad puede llevar tanto a la desnutrición como al sobrepeso, especialmente si la dieta se basa en alimentos ultraprocesados ricos en carbohidratos. Es muy fácil recurrir a la comida rápida porque suele ser aceptada por los niños, pero no es nutritiva y aporta principalmente grasas saturadas que elevan el colesterol.

En mi caso, imitaba los envases de estos productos y colocaba dentro preparaciones naturales hechas por mí. Mi hijo veía el envase y se conformaba con un sabor similar, aunque no fuera el mismo. Nunca faltaba el comentario: “Es el mismo que compramos ayer”.

Impacto en el desarrollo y el comportamiento

La falta de nutrientes puede afectar el aprendizaje, la concentración y aumentar la irritabilidad y la ansiedad. Esto genera un estado de estrés que puede derivar en crisis, berrinches y llantos, especialmente cuando se suma la dificultad para identificar lo que se siente.

Aislamiento social

Las dificultades relacionadas con la alimentación pueden llevar a que la familia evite eventos sociales, afectando la calidad de vida. Comer fuera de casa suele ser complicado cuando no se aceptan los alimentos ofrecidos. En muchas ocasiones llevaba su comida en un recipiente, alegando alergias, lo que le permitía participar socialmente.

Estrategias para mejorar la alimentación en el autismo

El abordaje requiere paciencia, comprensión y un enfoque integral. Es fundamental contar con el apoyo de un equipo multidisciplinario (nutricionista, terapeuta ocupacional, fonoaudiólogo, psicólogo).

Mientras mi hijo asistía a terapia y a nutrición, yo buscaba soluciones prácticas para cada situación. Los resultados no aparecen de un día para otro, pero con el tiempo y el acompañamiento adecuado es posible avanzar.

Estrategias prácticas en casa

Exposición gradual y sin presión

Presentar los alimentos nuevos de forma repetida, en un entorno relajado y sin forzar su consumo. Permitir que el niño los observe, los huela o los toque. Yo dejaba los alimentos nuevos a su alcance y esperaba a que preguntara qué eran. Comía delante de él para mostrar que eran seguros. A veces imitaba y otras no, y respetaba ambas decisiones. Con el tiempo, se animó a probar nuevos alimentos.

Respetar las rutinas
Establecer horarios fijos para las comidas y crear un ambiente tranquilo, sin distracciones como televisores o tabletas. En casa siempre manteníamos la misma rutina. Desde pequeño participaba en poner la mesa, llevando su plato y su vaso.

Involucrar al niño

Participar en la preparación de los alimentos puede aumentar el interés. En nuestro caso, no funcionaba ofrecer opciones para elegir, porque le resultaba muy difícil tomar decisiones. Sin embargo, sí colaboraba en la cocina, ayudando a revolver, traer alimentos de la heladera o lavar utensilios.

Ser un modelo a seguir
Comer en familia y mostrar disfrute con una variedad de alimentos puede ser muy persuasivo. Muchas veces decía “no me gusta” sin haber probado. Al vernos comer y disfrutar, se acercaba por curiosidad. Si no quería probar, no lo presionaba y siempre tenía su comida favorita como respaldo.

Jugar con la presentación

Variar las formas, colores y texturas de los alimentos aceptados puede ser un primer paso para ampliar la dieta. Respetar sus gustos fue clave para que, con el tiempo y mucha paciencia, lograra mayor flexibilidad.

Intervenciones profesionales

  • Terapia de alimentación: trabaja las sensibilidades sensoriales y las habilidades motoras orales.

  • Intervenciones conductuales (ABA): utilizan refuerzo positivo para fomentar la aceptación de nuevos alimentos.

  • Asesoría nutricional: permite evaluar carencias, sugerir suplementos si son necesarios y planificar una dieta equilibrada dentro de las preferencias del niño.

Recordá que el objetivo no es obligar a comer de todo, sino ampliar progresivamente la variedad nutricional, reducir el estrés en las comidas y promover una relación saludable con la alimentación.



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